Que injusta es la muerte
La muerte Vivimos, casi siempre, de espaldas a la idea de morir. Procuramos no convivir con ella, no nombrarla, no mirarla de frente. Actuamos como si la muerte fuera un asunto ajeno, algo que solo les ocurre a otros, como si existiera una suerte de inmunidad invisible que nos protegiera. Nos pensamos —sin decirlo— un poco inmortales. Hasta que un día llega. Sin pedir permiso. La ves de cerca, la sientes, la sufres. Y entonces la ficción se rompe. La muerte es real. Puede aparecer sin aviso y alterar, en segundos, todo lo que creíamos estable. Ayer, por desgracia, esa verdad injusta alcanzó a todas las personas que viajaban en aquel tren y que hoy ya no están. Hay algo que he aprendido tras convivir de cerca con la muerte: cuando la has rozado, el dolor ajeno deja de ser lejano. Te atraviesa. Ayer, mientras veía la noticia —desgarradora por su magnitud— mi mente se llenaba de escenas que sentía como propias. Las llamadas de las víctimas a sus familias intentando explicar lo inexp...