Que injusta es la muerte

 La muerte

Vivimos, casi siempre, de espaldas a la idea de morir. Procuramos no convivir con ella, no nombrarla, no mirarla de frente. Actuamos como si la muerte fuera un asunto ajeno, algo que solo les ocurre a otros, como si existiera una suerte de inmunidad invisible que nos protegiera. Nos pensamos —sin decirlo— un poco inmortales.

Hasta que un día llega. Sin pedir permiso. La ves de cerca, la sientes, la sufres. Y entonces la ficción se rompe. La muerte es real. Puede aparecer sin aviso y alterar, en segundos, todo lo que creíamos estable. Ayer, por desgracia, esa verdad injusta alcanzó a todas las personas que viajaban en aquel tren y que hoy ya no están.

Hay algo que he aprendido tras convivir de cerca con la muerte: cuando la has rozado, el dolor ajeno deja de ser lejano. Te atraviesa. Ayer, mientras veía la noticia —desgarradora por su magnitud— mi mente se llenaba de escenas que sentía como propias. Las llamadas de las víctimas a sus familias intentando explicar lo inexplicable. Las llamadas de los equipos de emergencia comunicando la peor de las noticias. Las dudas de quienes reciben esa información y necesitan saber si es verdad. Las llamadas desesperadas preguntando si alguien sabe algo de quien iba en ese tren y no responde. La urgencia por llegar, por confirmar, por ver, aun sabiendo que aquello que se confirme puede romperlo todo.

Qué difícil es convivir con esta realidad tan injusta. Pienso en los sueños que quedaron suspendidos, en los planes que ya no se realizarán, en todo lo que esas personas tenían por vivir. Y pienso también en nosotros: en todo lo que posponemos convencidos de que habrá tiempo, en cómo nos quejamos de lo que no tenemos mientras dejamos pasar lo que sí está. Vivimos a veces sin disfrutar de la vida, olvidando que no sabemos cuándo el destino puede arrebatárnosla.

Qué difícil es hablar de la muerte con los niños. Explicarles, sin asustarlos, que esto puede pasar. Decirles que quienes ya no viven siguen estando de algún modo mientras los recordamos. Pero las preguntas llegan. Y llegan fuertes. Mi hija quiere entender, necesita respuestas, y yo muchas veces no sé cómo dárselas. ¿Le digo la verdad y corro el riesgo de inquietarla? ¿O suavizo el relato, adornándolo, aun sabiendo que ella percibe que no todo lo que le cuento es cierto?

La muerte está presente, aunque intentemos ignorarla. Es una realidad contra la que no podemos luchar. Y siempre es injusta, porque nunca llega cuando se la llama. Llega cuando nadie está preparado. Y quizá por eso duele tanto.

Fran Prieto

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