¡ A vencerme, no a vencer !

 ¡ A vencerme No a vencer !


A veces la vida se convierte en una lucha silenciosa entre el “hoy sí lo voy a conseguir” y ese susurro interno que parece decirte “te lo voy a poner cada vez más difícil”. Es un combate sin cuartel en el que tratas de recomponerte día tras día, pero cada golpe hace que la recuperación sea más lenta, más pesada, más exigente.

Y aun así, no queda otra que levantarse. Para mí, la siguiente experiencia es la gran metáfora de mi día a día: ajustar bien la silla, apretar las piernas, sujetar las riendas con suavidad pero con firmeza y transmitir que puedo hacerlo. Que sigo aquí.

Mi psicóloga me enseñó una herramienta fundamental: anclar en la mente una imagen que genere calma, un recurso propio de la psicología cognitivo-conductual y de las técnicas de regulación del sistema nervioso. Se basa en crear un “anclaje seguro”: una escena que active el sistema parasimpático, disminuya la alerta y permita volver al presente cuando la ansiedad empuja con fuerza.
En mi caso, esa imagen era un paseo por la mañana en la playa de Santander. A ella recurría cuando el nivel de activación subía y mi sistema nervioso me llevaba al límite. Esa imagen me ayudaba a aterrizar, a recomponerme, a volver a la realidad.

Sin embargo, con el paso del tiempo, esa imagen ha comenzado a transformarse. Ahora la sustituye un episodio muy distinto: el día en que, montando a caballo en soledad, terminé cayendo y tocando la arena. En aquel momento supe exactamente por qué había caído. Iba sin confianza, con miedo, pensando en todo lo que podía salir mal. Éramos pura desintonía. Mis riendas iban flojas, mis órdenes eran imprecisas y mi cuerpo transmitía duda. Hasta que el caballo, por las malas, me recordó que así no se hacen las cosas.
El resultado fue simple: la arena.

En ese instante solo quería que alguien cogiera al caballo, salir corriendo y volver a casa. Pero no lo hice. Me volví a subir. Quizá porque estaba solo, quizá porque en ese momento el verdadero combate era yo contra mi propia cabeza. Quería romper de una vez con toda esa frustración que llevo arrastrando desde siempre. Respiré, me recompuse y pensé: “arriba, es él o tú”.
Y entonces sí: sujeté al caballo, monté con firmeza y delicadeza —esa mezcla tan mía—, espanté al miedo y confié en que podía hacerlo. Y lo hice.

Hoy, esa caída la sigo sintiendo dentro de mí: la arena, el miedo, el fracaso… pero también el instante en el que dije “aquí estoy yo”.
He comprendido que en mi día a día el jinete y el caballo somos la misma persona: yo soy quien dirige, y el caballo es mi cerebro, mis emociones, mis impulsos. Cuando me empeño en no escucharlos, pierdo el equilibrio. Pero cuando consigo afinar esa comunicación interna —cuando entiendo lo que mis emociones intentan decirme y actúo con decisión— es cuando vuelve a aparecer el control, la armonía, la calma.

Por eso, aquella playa ha ido dejando paso a este nuevo recuerdo. Porque ese episodio se ha convertido en mi verdadero anclaje: es uno de los pocos momentos en los que me he visto capaz, fuerte, alineado conmigo mismo. Uno de los pocos en los que supe que sí, que puedo hacerlo.

Fran Prieto

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